El valor de lo intangible

El inconmensurable valor de lo intangible

Llegará un día en que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza

Paul Géraldy

 

Actualmente estamos rodeados, acosados, por imágenes cuya capacidad de impacto visual inmediato va conformando, de modo universal y atemporal, la gran madeja de nuestra memoria. Pero para poderle sacar toda su esencia a la información contenida precisamos haber sido adecuadamente adiestrados. Una imagen provoca una conmoción, muchas veces buscada en pro de un interés. Una obra de arte también es susceptible de provocar un intercambio emocional que tiene lugar de manera consciente o inconsciente. Gestionar las emociones, perderse en los laberintos del pensamiento, de la conciencia, marca el camino hacia el descubrimiento de nuestra propia verdad, de nuestra alma. Pero comprendo que pretender hablar del valor de lo intangible en un mundo poseído por el afán de ganar dinero, no es tarea fácil.

Somos tan valiosos como únicos son nuestros recuerdos, amplios son nuestros conocimientos y grande la capacidad de reflexión en solitario. Nunca olvidemos que la cultura es un raro bien que protege de carencias, crea libre pensadores y asegura la supervivencia.

El valor de una historia, de un momento intenso, de un amasijo de emociones, de una experiencia sublime frente a una obra de arte, es tan inmaterial como único. La experiencia del arte, como la del amor, concierne al alma y alimenta la pasión, que no es sino una erupción del ánimo que aliena la razón, crea turbación y empuja a vivir un sueño. Es también una exaltación tras cuyo fulgor deja impregnado el corazón de una indescriptible sensación de gloria. Poder retener el momento de disfrute que la contemplación de algo hermoso nos despierta, es grandioso y no es objeto de especulación. Es importante trabajar en la fijación del recuerdo mediante su cultivo, fruto del cual se desarrollan y ramifican las diferentes emociones. Y para trabajar el arte de la memoria, hay que trabajar el de la atención, como bien aseveraba el inglés Samuel Johnson, porque lo que no se recuerda, es como si no se hubiera vivido, como si no existiese. La evocación de lo vivido, con o sin nostalgia, afianza nuestra conexión con la vida y nos prepara para la muerte.

Hay algo intrigante en el ansia de la posesión, algo diabólico. Grandes obras de arte se hacen viejas entre cajas de máxima seguridad, donde nadie nunca podrá verlas, tan sólo imaginarlas. Poseer no es tener, de igual modo que sobrevivir no es vivir. Sólo es nuestro lo que en nuestro corazón anida, lo que nuestro espíritu abriga o lo que el temor nos impide. «Todo es mío y nada me pertenece, nada pertenece a la memoria, todo es mío mientras lo contemplo», escribía la poetisa polaca Wislawa Szymborska, Premio Nobel de Literatura en 1996.

Todo aquello que convierte en extraordinaria a una obra, encierra un potencial místico y estético que no debe ser en modo alguno tratado como patrimonio restringido, porque somos herederos de los logros de nuestros ancestros, y es gracias a ese legado que podemos reinventar el presente y plantear un futuro.

Por eso los museos son los grandes reservorios donde se agazapa el aura del gran arte, de ese que no existe para ser carne de transacción, sino bien de consumo y generador de riqueza estética e intelectual. La transferencia de mensajes visuales es límpida, veloz e impetuosa. Cuando esa imagen está contextualizada y el espectador está predispuesto, ocurre una especie de metafórica sinestesia capaz de magnificar la experiencia de lo vivido, marcándola a fuego sobre la piel de la memoria que, de este modo, queda impregnada de esencias virtuales que perduran y permiten revivir una y otra vez el momento, como decía el poeta Marco Valerio Marcial: «Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces».

 

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